Andrés Falck



Nuestro sistema alimentario está estrechamente relacionado con el cambio climático, y ambos con nuestra salud. La forma en que producimos y consumimos lo que comemos puede incluso detonar la aparición de las pandemias, debido a la alteración del equilibrio entre las comunidades humanas y la naturaleza. Que nuestro menú diario se produzca de forma saludable en el lugar en que vivimos, puede ser una de esas pequeñas acciones que generan grandes cambios globales.

Foto: Mário Rui André

¡Vuelve al barrio!

En las últimas semanas ha pasado por los medios de comunicación autoridades políticas de todos los colores destacando que debemos comprar en el comercio local. José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, que declaraba que es una “necesidad imperiosa” que vayamos a comercios de barrio. Poco después, la alcaldesa de Barcelona Ada Colau, hacía declaraciones públicas similares y animaba a sus convecinos a no comprar en Amazon. Esta posición fue sostenida también por Anne Hidalgo, alcaldesa socialista de París.

Son muestras de una tendencia relacionada con la emergencia sanitaria. La escala de lo local recobra importancia por diversos motivos, de los cuales el más evidente está en las limitaciones extraordinarias a la movilidad. En los últimos meses, la proximidad ha sido una de las claves de las redes de apoyo comunitarias e institucionales que han impulsado repartos de alimentos, ayuda a personas dependientes, prevención de violencia de género en hogares confinados, etc.

Un segundo motivo de este retorno a lo local tiene que ver con la debilidad de la cooperación entre países durante la crisis. Ante un problema indiscutiblemente global, nos hemos encontrado con respuestas de aislamiento político de los estados, el cierre de fronteras y un incremento de disfuncionalidad de las instituciones multilaterales. El alcance sistémico del escenario COVID-19 parece deberse más a la deficiente gobernanza de la pandemia que al patógeno mismo.

Todo ello ha incrementado el protagonismo de las administraciones públicas más cercanas a la población: el problema global ha exigido respuestas locales. Se rescata el viejo eslogan.

Con todo, por lo que vemos, las medidas de las administraciones locales se caracterizan por su carácter paliativo. Las políticas de cobertura sanitaria, protección social, ayudas a sectores económicos y al empleo son altamente demandadas y sin duda esenciales. Junto a estas medidas urgentes, los gestores locales tienen ante sí la oportunidad de repensar las estrategias territoriales de desarrollo, aprendiendo de lo sucedido en este funesto 2020, y alejando la visión de la crisis actual como un episodio puntual. Algo que pasa una vez en la vida, pero esa tesis que parece demostrarse infundada.

La relación sistémica entre alimentación, cambio climático y salud

Mucho se ha hablado este año sobre las estrechas relaciones que hay entre el modelo global de explotación de los recursos naturales, el cambio climático y la aparición de brotes pandémicos. Estos aparecen con cierta frecuencia (cinco en los últimos 20 años), aunque desde el VIH-SIDA ninguno había afectado tanto a los países más desarrollados. Se ha subrayado que la génesis de una pandemia como la del coronavirus no era un acontecimiento imprevisto, al igual que ya se identificado la necesidad de crear una fuerza de choque internacional antipandémica.

Hemos comprobado en primera persona que los pronósticos eran ciertos y el brutal impacto colateral en la economía, el empleo y el bienestar social del virus. La pregunta es: ¿esta experiencia nos llevará a cambiar nuestros hábitos de producción y consumo? Así reflexionaba Inger Andersen, directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Veamos el caso de los sistemas alimentarios, hoy  altamente industrializados.

Estamos ante cadena de producción-consumo-residuos que está entre las que más inciden en el cambio climático y la degradación del medio ambiente. Así lo afirma la Red de Ciudades por la Agroecología, que destaca el potencial de comunidades y gobiernos locales para cambiar esta lógica con medidas de planificación territorial y participación ciudadana. Esta observación, compartida por la Comisión Europea y concretada en la estrategia De la granja a la mesa del Pacto Verde Europeo, y por Naciones Unidas en la Nueva Agenda Urbana, conduce a la idea de transición entre sistemas alimentarios con un rol protagonista del territorio.

Gráfico tomado de Begoña Rodríguez Pecino (Ayuda en Acción)

Territorios por la transición alimentaria

En 2015, una convención de alcaldes lanza el Pacto de política alimentaria urbana de Milán que plantea un cambio sistémico que, de manera resumida, está orientado a

  1. la promoción de dietas sostenibles y mejora de la nutrición,
  2. asegurar la equidad social y económica en el acceso a la alimentación sana,
  3. promover la producción alimentaria local y ecológicamente sostenible,
  4. mejorar el abastecimiento apostando por cadenas cortas de distribución y comercio local, que reducen las emisiones y los residuos,
  5. limitar los desperdicios de alimentos mediante la sensibilización y la recuperación,
  6. una gobernanza abierta, integradora y participativa con un fuerte enfoque estratégico.

Más de 200 ciudades del mundo son firmantes del Pacto y sus objetivos cobran mayor pertinencia a la luz de la experiencia COVID-19. Este acuerdo es un reflejo más del  interés creciente que han mostrado los gobiernos locales en los hábitos de producción y consumo alimentario –interés que ha crecido durante la crisis. Huertos urbanos y escolares, agricultura ecológica, recuperación del cultivo de especies endógenas, certificaciones de origen, son tendencias en el ámbito de la producción. Mercados de productores ecológicos, valorización del producto de cercanía y temporada, cooperativas de consumidores, son algunas de las preferencias que se observan en el ámbito del consumo.

Los gobiernos locales están cada vez más presentes en este ciclo de la alimentación, cediendo terrenos, promocionando a productores locales, facilitando espacios de venta o apoyando campañas de nutrición saludable. Estas son algunas de las acciones que promueven distintas áreas de los gobiernos locales, que dan respuesta a demandas sectoriales en ámbitos como la educación, la producción, el comercio, la salud o el planeamiento urbano.

Foto Markus Spiske

El contexto permite proponer un objetivo político compartido: dar continuidad de esta tendencia de cambio, reforzándola con visiones estratégicas más sólidas que tiendan a Sistemas Alimentarios Territorializados. Necesitamos conectar a consumidores, productores, distribuidores y autoridades locales, junto con otros agentes, para concretar pasos hacia una alimentación basada en la cercanía, sostenibilidad, inclusión, participación y justicia alimentaria.

La participación ciudadana para un nuevo modelo

Todo cambio en las lógicas de desarrollo tiene ante sí un reto inicial: definir quiénes serán los agentes que lo impulsen y cómo se alcanzan los consensos sociales que lo legitimen. La transición hacia un modelo de alimentación con un fuerte sustento en lo local requiere en primer lugar deconstruir la cultura precedente. Durante décadas se ha considerado a la comida procesada e industrial como paradigma de modernidad. Igualmente hay que afrontar el hecho de que los sectores sociales con menos renta encuentran en los alimentos ultraprocesados un acceso más económico a las calorías diarias.

Mediante procesos participativos e inclusivos podemos abrir paso a nuevos imaginarios en torno a los alimentos que prioricen la salud, la sostenibilidad, la cercanía, la trazabilidad y la estacionalidad. Y buscar los mecanismos para un acceso igualitario a los alimentos con estas características.

Para todo lo anterior, y desde la óptica de los gobiernos locales, se pueden aplicar medidas que impulsen una alianza social extensa por la transición hacia un sistema alimentario territorializado:

  • Dialogar con agentes clave, trenzando las propuestas de cambio con la generación de beneficios para consumidores, productores y distribuidores. Incorporar al diálogo a otros sectores de la comunidad que puedan fortalecer las políticas locales de alimentación: organizaciones de la sociedad civil, investigadores, sanitarios, educadores, servicios sociales, etc.
  • Actuar desde el ejemplo en la institución local, buscando centralidad estratégica y transversalidad operativa para la transición alimentaria. Ofrecer formación a los equipos técnicos implicados, dotar las medidas con los recursos necesarios y aplicar al funcionamiento interno de la institución los mismos criterios que espera fortalecer entre la ciudadanía (política de compras ética y responsable).
  • Implicar a la ciudadanía y al tejido asociativo, mediante la información, la consulta y la participación. Otorgar protagonismo a la comunidad en la sensibilización, capacitación y seguimiento de las medidas tomadas por las instituciones.
  • Integrar a las generaciones más jóvenes en la apuesta por el cambio, dándoles un rol visible en acciones de educación generadas desde el ámbito escolar y dándoles voz en el diálogo político.
  • Evaluar los resultados de las medidas tomadas de forma rigurosa y transparente.

Estos pasos nos pueden acercar a la transición hacia un modelo de alimentación que ofrece salud y solidaridad intergeneracional. Se trata de un reto tan necesario como innovador, cuyo abordaje seguramente dará lugar a errores e imprevistos que habrá que analizar y corregir. Lo que nos jugamos hará que el esfuerzo merezca la pena.

En próximos días Coglobal y el Ayuntamiento de Alcorcón darán inicio al proyecto Comer Local. Este proyecto cuenta con la cofinanciación y la colaboración de la Fundación Daniel y Nina Carasso y tiene por objetivo el establecimiento de mecanismos inclusivos de participación ciudadana para favorecer un sistema local de alimentación saludable y sostenible. Con Comer Local queremos propiciar un contexto favorable para una gobernanza de sistemas de alimentación sostenible a partir de la promoción la participación ciudadana y el diálogo de agentes sociales y económicos, en los cuales se reconozca y fortalezca el rol de la ciudadanía para reorientar los modelos de producción y consumo hacia un sistema más sostenible.

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