Andrés Falck



Los programas de participación ciudadana local orientados la población más joven, además de ampliar la apertura de los gobiernos a voces tradicionalmente ignoradas, permite ensayar transformaciones en nuestro modelo de convivencia democrática y propiciar relaciones sociales más inclusivas y igualitarias.

Es cada vez más frecuente que gobiernos locales en todo el mundo, pongan en marcha dispositivos de consulta y diálogo con población infantil y juvenil. Son iniciativas que responden al mandato de la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada en 1989 por Naciones Unidas, que dispone en su artículo 12 el derecho de la población menor a ser escuchada por la administración y tenida en cuenta en aquellas cuestiones que les afectan. Es frecuente que los espacios de participación de niñas, niños y adolescentes (NNA) sean diseñados a imagen y semejanza de las estructuras de decisión política del mundo adulto, que pone el peso en los mecanismos de representación del conjunto de población menor por parte de un foro electo, voluntario o designado. Algunos diseños experimentales han puesto el acento en el carácter inclusivo de la participación de NNA –nutriéndose de las propuestas normativas de la democracia participativa– de los cuales se extraen aprendizajes inspiradores que muestran un potencial de cambio en los modelos de convivencia democrática.

La convivencia en un marco democrático inclusivo es uno de los pilares de la construcción de territorios de paz, si esta se entiende desde una óptica no reduccionista a la oposición a los escenarios de violencia. El ejercicio de una ciudadanía que iguala a las personas en sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA) se apoya en la capacidad de cualquier integrante de la comunidad de influir en los procesos públicos de toma de decisión. En el caso de NNA, la mera consideración de incorporarles al coro de voces de la gobernanza resulta, por comparación, una acción inclusiva. Más allá de esto, la población NNA tiene la particularidad estar organizada en torno a la actividad escolar (al menos en aquellos territorios de escolarización normalizada y de acceso gratuito), lo que permite experimentar con relativa facilidad con fórmulas de democracia inclusiva, que se apoyan en la participación grupos de composición aleatoria: las aulas escolares. 

Desde 2014, Coglobal ha diseñado, dinamizado y evaluado experiencias de participación institucional con NNA, unos basados en el modelo representativo y otros basados en el modelo inclusivo. Con este último modelo, hemos intervenido en más de 60 municipios de España y Uruguay, con más de 4.000 escolares con edades entre 10 y 14 años. Con el modelo representativo, en seis municipios con una población menor representada de unos 75.000. Entre los aprendizajes extraídos de estas acciones, varias relacionan participación, inclusión y convivencia de forma notable.

En primer lugar, en los modelos de participación por representación se produce de forma natural una (auto) exclusión entre la población menor, al igual que sucede con la adulta. Individuos con un mayor liderazgo entre sus iguales o con mayor prestigio entre el profesorado, son más fácilmente mandatados o estimulados a participar. En los procedimientos en los que se opta por el voluntariado, nos encontramos con dinámicas de autoselección, por los que cada individuo se siente apelado o ajeno a la invitación a participar. En ambos casos, las personas menores más tímidas, menos reconocidas por su entorno o de rasgos menos normativos tendrán menos influencia en la deliberación.

Mediante diseños metodológicos que ciñen la participación a grupos de composición aleatoria (v.g. la clase) y el empleo de dinámicas en el aula que favorezcan rupturas con patrones y jerarquías previamente cementadas, se puede generar una pauta de inclusión democrática. En los estudios hechos en clases que participan en procesos de participación institucional con el enfoque descrito, se han observado modificaciones sustanciales en las relaciones intersujeto del grupo, con incremento de la integración de sujetos periféricos o aislados. Con edades entre 10 y 14 años, resulta sencillo trabajar en la formulación de propuestas propias, el intercambio de ideas y la construcción proyectos comunes. 

Un diseño de la intervención con el grupo escolar orientado a la inclusión y con perspectiva de género puede reducir sensiblemente la fragmentación del grupo que se da por inercia cultural entre niños y niñas, facilitando una deliberación más integradora. Nuestros estudios indican que con antelaciones a los procesos de participación, los varones muestran niveles de empoderamiento psicológico más elevados que los de ellas. La participación política y la capacidad de decisión eleva sustancialmente el empoderamiento de todo el grupo, pero especialmente el de las chicas que se equipara con el de sus compañeros.

Los grupos de NNA que participan en la política local incrementan sus conocimientos sobre la administración y su funcionamiento, se sienten más capaces de cambiar su realidad y confían más en que serán escuchados para poder influir. Se genera así un círculo virtuoso de fortalecimiento del grupo, con mayor integración de sus componentes, que además se acrecienta con el tiempo al implicarle en nuevos procesos deliberativos.

Algunas conclusiones

Como se ha señalado, el hecho de que la administración pública ponga en marcha los procedimientos necesarios para escuchar las voces de la población más joven es siempre un avance en la inclusión democrática. Además, la adopción de diseños metodológicos específicos que se fundamentan en la conformación de grupos aleatorios y dinámicas integradoras con enfoque de género, puede multiplicar el potencial inclusivo de la participación institucional. El hecho de que la población más joven se concentre en instituciones escolares hace que estas metodologías sean mucho más fáciles de aplicar que con la población adulta. 

Los grupos de composición aleatoria que participan de estos procesos generan dinámicas internas inclusivas e igualitarias, incrementan la confianza en su capacidad de intervenir en lo colectivo, todos ellos aspectos que mejoran la convivencia democrática. Estamos ante un proceso de pedagogía ciudadana cuyos resultados son visiblemente mejores que los que comúnmente observamos entre la población adulta, lo que debe llevarnos a profundizar en las reflexiones (desde Tonucci hasta la Nueva Agenda Urbana) que vinculan la calidad de la convivencia, la seguridad y la democracia con el mayor protagonismo de niñas, niños y adolescentes en nuestras sociedades. 

Nota: Este texto se presentó como ponencia en el 3er Foro Mundial de Ciudades y Territorios de Paz auspiciado por la Ciudad de México. Plenaria virtual Juventudes en la construcción de justicia y paz celebrado el 6 de octubre de 2020.

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