Avanzar en procesos de empoderamiento que permitan desarrollar las capacidades propias para modificar situaciones individuales o colectivas es uno de los aspectos más relevantes para poder prevenir e intervenir en situaciones de violencia de género. ONU Mujeres sitúa como pilar estratégico en las políticas de prevención de la violencia, el empoderamiento de las mujeres a través del aumento de su participación y de sus capacidades de decisión en el ámbito público, en el familiar y en las relaciones personales. 

En el marco del programa de participación Ágora Infantil, Coglobal está desarrollando intervenciones orientadas a prevenir y sensibilizar en torno a la violencia de género. Su estrategia se fundamenta en facilitar procesos de empoderamiento de las personas adolescentes a través de su participación directa en torno a una iniciativa concreta de sensibilización que ellos mismos producen.

Los estudios más recientes sobre adolescentes y violencia de género coinciden en señalar que si bien hay un rechazo mayor del sexismo y la violencia de género entre los adolescentes, existe una percepción baja del riesgo de algunas conductas que se dan con el uso creciente de internet y las tecnologías de la información. El estudio “Menores y violencia de género” publicado por la Delegación del Gobierno contra la violencia de género (Díaz-Aguado,2020), en coherencia con lo formulado en el Pacto de Estado, concluye que es necesario intensificar las medidas de prevención frente a formas de ciberviolencia tales como sexting, grooming o stalking. Hay tres aspectos que recoge este estudio que consideramos de especial relevancia: el primero, hace referencia a la necesidad de prevenir desde la infancia, adecuando las estrategias a las distintas franjas etarias; el segundo, identifica los centros educativos como un ámbito prioritario de intervención en tanto que agentes educativos y espacios preferentes de socialización entre iguales; el tercero plantea la necesidad de desplegar la estrategia de prevención a través de la alfabetización digital, favoreciendo un uso crítico y saludable de las redes sociales y evitando prácticas de riesgo. Estos tres componentes son desarrollados en el programa Ágora infantil.

El Estudio “La evolución de la adolescencia española en la igualdad y la prevención de la violencia de género” (Díaz- Aguado, 2014) propone utilizar metodologías participativas y cooperativas para que las personas adolescentes hagan sus propias propuestas para erradicar la violencia de género. Entre los resultados de dicho estudio se recoge que las relaciones de amistad suelen ser el medio más empleado por las adolescentes para pedir ayuda en una situación de violencia. Por tanto, en el marco de una política de prevención en el aula “conviene promover dichas relaciones a través del aprendizaje cooperativo”, de modo que se contribuya a una cultura igualitaria.

En coherencia con lo expresado hasta aquí, el programa Ágora Infantil sitúa al alumnado como protagonista de su propio proceso de aprendizaje. El alumnado adquiere un rol activo en las sesiones en las que propone, debate y toma decisiones en torno a una acción de sensibilización que se desarrollará con posterioridad. Se parte de la premisa de que a través de metodologías participativas que estimulan la curiosidad y la actitud investigadora, conectan la vivencia personal con la reflexión y la acción colectivas y emplean el juego, se activan procesos de aprendizaje más significativo. De este modo, las habilidades, actitudes y valores democráticos e igualitarios que se aprenden desde la práctica concreta en el aula, se interiorizan y pueden extrapolarse a otras situaciones cotidianas de la vida del alumnado.

Ágora infantil propone la participación como estrategia para facilitar el empoderamiento de las personas adolescentes. El empoderamientoes un proceso mediante el cual personas, organizaciones y comunidades adquieren o potencian las capacidades de controlar o dominar sus propias vidas, o el manejo de asuntos y temas de su interés, para lo cual es necesario crear las condiciones que faciliten ese fortalecimiento” (Rappaport, 1981).

Las sucesivas evaluaciones del programa Ágora infantil que desde 2014 Coglobal ha realizado en colaboración con la Universidad de Málaga y la Universidad de Huelva, han dado resultados que corroboran que el uso de determinadas metodologías participativas favorece el desarrollo de formas de relación más igualitarias, así como habilidades de participación y liderazgos más horizontales y cooperativos. Resumimos a continuación sus resultados más destacados en relación a la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las chicas:

  1. En relación al empoderamiento intrapersonal, que es aquel que hace referencia a la autoeficacia o percepción de las competencias propias de que se dispone para influir en el contexto y cambiarlo, el programa Ágora Infantil ha tenido efectos positivos. Así, tanto chicos como chicas tras su participación en el programa aumentan su sensación de empoderamiento, pero teniendo en cuenta que las chicas parten de una percepción de empoderamiento más baja, el efecto es igualador desde una perspectiva de género.
  2. Sobre el empoderamiento conductual, que es aquel que está relacionado con la disposición a emprender acciones que produzcan cambios en el contexto en el que se vive, las chicas que han participado del Ágora infantil muestran una mayor voluntad de participar en acciones de toma de decisiones en su contexto específico.
  3. Sobre los liderazgos en los grupos, en aquellos que han participado del programa Ágora infantil, se han propiciado liderazgos más horizontales y cooperativos y se han incorporado lideresas con mayor intensidad que en los grupos que no han participado del programa.
  4. Sobre las relaciones en los grupos, al término de la ejecución del programa se identifican dinámicas relacionales más horizontales, democráticas, integradoras e igualitarias entre chicos y chicas.

Con conclusión, podemos señalar que la utilización en el aula de determinadas metodologías participativas y lúdicas para abordar temáticas como la violencia o la ciberviolencia de género, más allá de permitir una aproximación a los conceptos, permite reflexionar desde lo vivencial tanto a chicos como a chicas sobre los valores y normas de género que operan en las relaciones entre iguales y posibilitar caminos y habilidades para cambiarlas desde un planteamiento democrático.

diciembre 4th, 2020

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La crisis sanitaria ha provocado una crisis multifacética que se expresa en lo social, lo económico y lo político. Las medidas de distanciamiento social, tan necesarias para frenar la pandemia y garantizar la seguridad sanitaria, también pueden tener efectos negativos en las redes comunitarias y la función de vertebración social que estas desempeñan. Por tanto, uno de los retos que tenemos es responder a la pregunta de cómo combinar la seguridad y las medidas excepcionales que se requieren para hacer frente a una pandemia con altas cotas de participación que contribuyan a la convivencia democrática y la inclusión.

¿Qué ha ocurrido con la participación ciudadana en el contexto COVID?

Se ha producido una oleada de participación ciudadana que ha tomado cuerpo a través de iniciativas de carácter solidario activadas para dar respuesta a las situaciones de emergencia vividas en pueblos y ciudades. Iniciativas de distribución de alimentos, de producción de mascarillas o redes de apoyo mutuo entre vecinos y vecinas han sido algunas de las actividades que han emergido a iniciativa ciudadana. Iniciativas que tanto en el ámbito digital como presencial han evidenciado que valores como la reciprocidad, el apoyo mutuo o la solidaridad operan con fuerza y son motores de participación ciudadana y organización social. El aplauso colectivo que todos los días desde los balcones se realizaba a todos aquellos que estaban en la primera línea frente a la pandemia, es la imagen más explícita y bella de esto.

En el ámbito institucional se ha producido un proceso de recentralización de toma de decisiones y se ha instalado un enorme grado de incertidumbre respecto a las políticas de participación ciudadana. Desde Coglobal hemos identificado cuatro tendencias presentes en los gobiernos locales respecto a esta política pública:

Ha habido dos tendencias con idéntico resultado, aunque con argumentaciones justificativas diferentes. Ambas han consistido en paralizar los procesos locales de participación que estaban en marcha. Los gobiernos locales que se han situado en la primera de ellas, lo han hecho justificándose en las limitaciones a la participación presencial que suponen las medidas de distanciamiento social. La segunda tendencia ha argumentado que en tiempos de crisis los recursos han de movilizarse para atender las situaciones de emergencia y que las políticas de participación ciudadana no lo son.

La tercera tendencia identificada ha orientado sus prioridades a repensar la estrategia de participación, partiendo de la hipótesis de que la crisis sanitaria va a transformar de manera profunda no solo las formas de relacionarse sino las prioridades y estrategias de gobernanza. Estos procesos de debate no han concluido, por tanto, es pronto para realizar valoraciones, aunque sí podemos aventurar cierta falta de concreción.

La cuarta tendencia ha apostado por la continuidad de los procesos, pero adaptando sus calendarios y metodologías a las limitaciones de la actual situación. La participación digital y el desarrollo de metodologías adaptadas a las características específicas de los entornos digitales se ha extendido, abriendo un nuevo ámbito de experimentación y debate.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer para que las políticas de participación ciudadana no queden orilladas por la política de lo urgente?

Primer Reto: consolidar la participación ciudadana como política pública clave para un desarrollo sostenible e inclusivo.

La Agenda 2030 supuso un avance sustancial en lo que a reconocimiento institucional de la participación como política pública se refiere. A este reconocimiento se han sumado multitud de instituciones que están repensándose desde parámetros y experiencias que contribuyen a nuevas formas de gobernanza democrática. No obstante, la crisis sanitaria ha acentuado a nivel global la tensión existente entre la deriva autoritaria y las apuestas democráticas. Consolidar las democracias desde estrategias participativas y de colaboración ciudadana- ciudadana y ciudadana- institucional, puede contribuir a mejorar la convivencia y a fortalecer los lazos comunitarios, en un contexto que exige comunidad para contrarrestar la atomización agudizada por el distanciamiento social. Construir un estado de opinión favorable a la participación ciudadana como política estratégica pero también como política de emergencia frente al autoritarismo y la desvertebración social, es una tarea urgente.

Segundo Reto: incorporar la participación ciudadana como componente articulador de la estrategia de recuperación post-COVID.

Ahora, que en todos los niveles administrativos se están confeccionando acuerdos políticos para la recuperación post- COVID, sabiendo que los efectos económicos y sociales serán de dimensiones devastadoras, la ciudadanía no puede ser ajena a este proceso. Definir la estrategia de recuperación puede ser una oportunidad para hacer un ejercicio de deliberación pública amplia, que incorpore en el debate a la ciudadanía, a los sectores sociales más golpeados por la crisis sanitaria y sus efectos.

Las estructuras de participación ciudadana en los momentos más complicados de la primera fase de la pandemia acompañaron a los gobiernos locales, dando respuestas rápidas a situaciones de auténtica emergencia social. Incorporar a los actores sociales que están involucrados en estas pero también a los que no lo están, en los debates y toma de decisiones que afectarán a cómo vivimos y de qué vivimos en los próximos años, contribuirá a garantizar que las estrategias de recuperación sean inclusivas, no dejen a nadie atrás, sean sólidas, sostenibles y viables.

Tercer Reto: adecuar las metodologías a entornos digitales que han venido para quedarse.

La participación en entornos digitales ya era una realidad antes de la pandemia, especialmente para las generaciones más jóvenes. La crisis sanitaria no ha hecho sino acelerar el proceso de alfabetización digital, extendiendo el uso de las redes como forma cotidiana de relacionarse con otros y de participar en la comunidad virtual. Este proceso de extensión del uso de las tecnologías digitales con fines de participación social no está exento de dificultades. Del mismo modo que en los procesos presenciales se producen sesgos de participación (de género, de clase, de edad, etc.), esto también sucede en los procesos digitales. En uno y otro caso existen brechas que nos invitan a reflexionar sobre cómo ensayar con metodologías que permitan avanzar hacia procesos cada vez más inclusivos, en una u otra modalidad.

Esta reflexión ha de partir necesariamente del análisis de las características de los entornos digitales, de los usos diversos que la ciudadanía hace de las distintas redes sociales, del alcance que estas tienen y de las formas de debate y participación a las que son más permeables. Por ejemplo, la inmediatez y temprana caducidad de los temas que generan interés, así como la sofisticación de las estrategias de comunicación que se ponen en juego, nos sitúan en un escenario de intervención en el que las metodologías no pueden ser transferidas y reproducidas de manera mecánica de un entorno a otro.

En definitiva, toca construir comunidad, en los entornos que la pandemia nos deje, pero construir comunidad al fin y al cabo, porque es en ella donde los miedos y dificultades pueden tornar en esperanzas y propuestas.

noviembre 30th, 2020

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